Viernes,28 de abril de 2017

Amor se llama el juego

Decía Tácito, historiador romano, que “la fidelidad comprada siempre es sospechosa y, por lo general, de corta duración”. En política no existen muchos ejemplos de fidelidad, al menos no de aquella bien entendida, la que se basa en principios, en afecto del sincero y en valores firmes e irreductibles.

Quizá tampoco esto último exista en política y ésta sea la causa principal de la infidelidad latente y de la impaciencia que, a menudo, acaba por romper parejas, tríos e incluso relaciones a cuatro bandas.

De la que habla Tácito, de la interesada, tenemos ejemplos a raudales.

En Getafe la relación de fidelidad pende de un hilo, fundamentalmente porque el noviazgo ya nació con dudas, como esas parejas que acuerdan vincularse si no encuentran nada mejor antes de los 40. Ha habido, y hay, ataques de celos repentinos de unos y otros.

En el PSOE se enojan con cada flirteo de Ahora Getafe con el PP, sospechando de posibles adulterios y temiéndose que, en cualquier momento, Juan Soler saque a relucir su capacidad de seducción (política) para llevarse al huerto a los detractores de la casta.

Por su parte el partido de Vanesa Lillo brama constantemente contra esas promesas incumplidas de los socialistas, porque si algo fastidia en una relación es que te prometan la luna y acaben regalándote una lámpara de Ikea.

Y luego está IU, que en este particular noviazgo viene a ser como el amigo ‘pagafantas’ enamorado en silencio de la chica pero consciente, en sus noches de sollozos, de lo quimérico de su afán. Y Ciudadanos, que no sabe bien a estas alturas de la película si le gustan más rubias o morenas.

El vodevil va tomando forma y se vaticina de tintes trágicos salvo que las partes decidan recurrir a terapia y se afanen en recuperar aquellos momentos y aquellos pequeños detalles que fraguaron su relación, los paseos por el parque y las tardes cogidos de la mano que acabaron por afianzar su amor y terminó en sonado matrimonio.

De lo contrario, si se empeñan en seguir durmiendo en camas separadas, habrá daños colaterales y, como suele ocurrir siempre en estos casos, serán otros los que acabarán pagando los platos rotos.