Jueves,30 de marzo de 2017

'Big Bad Wolves': Una venganza 'tarantiniana'

De venganzas y violencia habla, en su mayor parte, Big Bad Wolves, la película escrita y dirigida por los israelís Aharon Keshales y Navot Papushado. Sin ambages, la puesta en escena es sencilla: un asesino en serie que rapta, viola y mutila a sus víctimas -niñas de no más de diez años-; un policía, padre de familia, que baila en el limbo de la legalidad para esclarecer los asesinatos; y el progenitor de una de las víctimas, militar en la campaña de Israel en el Líbano, que clama vendetta. Tres protagonistas absolutos, tres historias que se cruzan y un tono de comedia negra que adereza perfectamente las escenas de tremenda violencia que proliferan en el filme.

Los dos realizadores hebreos logran combinar la seriedad de la temática con un acento cómico punzante que rebaja de tensión a la cinta, merced a la fluidez y dinamismo del guión y a las solventes interpretaciones de todo el reparto, pese a que a día de hoy, no estemos acostumbrados a que se trate la pederastia de una forma tan frívola como se emplea en el filme israelí.

La cinta viene bendecida por el 'enfant terrible' de Hollywood, Quentin Tarantino, con todo lo que eso conlleva -mejor publicidad, imposible-. El director de Pulp Fiction o Malditos Bastardos la catalogó como la mejor película del año 2013 y verdaderamente, una vez vista, uno se da cuenta de porqué casa tan bien con el gusto y estilo del genio de Knoxville.

Los homenajes a su obra son más que evidentes en muchas partes de la trama. Desde los primeros compases evoca a Reservoir Dogs -la mítica escena de Michael Madsen tiene aquí su tributo-, entre otras razones por la idiosincrasia de los personajes principales, los escasos recursos con los que cuenta el filme y la violencia explícita de muchas de sus secuencias.

Como fondo de acompañamiento, la música juega un papel esencial en Big Bad Wolves. La banda sonora golpea con gran tino muchas de las secuencias de la película. Unas veces preparando al espectador para los momentos más crudos y otras, para aligerar de tensión una cinta plagada de momentos violentos. Un tratamiento de la música que, obviamente, recuerda a Quentin, pero también al cine de los Coen -Sangre Fácil y Fargo tienen su pequeño homenaje en el trabajo de Keshales y Papushado-. Una cinta, pues, a ratos dura, a ratos cómica y siempre entretenida; no apta para moralistas.