Viernes,28 de abril de 2017

EDITORIAL GETAFE: Las Musas y el Teatro

La corrupción, mal inveterado, es tan antigua como el poder y como los gobiernos. Y quienes pretendan presentarse como incorruptibles y como adalides contra la corrupción, señalando con el dedo a los de enfrente, o son maestros del cinismo o candidatos a Robespierre quien, por cierto, se autodenominaba “el incorruptible”, el mismo que hacía trabajar sin descanso a la guillotina, cruel ironía casi comparable al arbeit macht frei de los nazis, en la que después del Terror sería la Plaza de la Concordia de París.

Tan antigua es la corrupción que Cicerón, en el siglo I AC dio el salto al estrellato forense y político en la antigua Roma precisamente denunciando un caso de corrupción: el del pretor Verres, que se valió de su cargo para oprimir y saquear Sicilia.

Sin embargo, no siembre hay cicerones a mano para desfacer los entuertos de la corrupción y de los corruptos. Y con demasiada frecuencia, los modernos Verres se salen con la suya y quedan impunes. Quizá por eso, hasta tiempos muy recientes, en España se prestaba poca o ninguna atención a la corrupción. Se daba por descontada y por inevitable, siempre y cuando las cosas fueran bien para la inmensa mayoría. En cambio, cuando llegó la crisis económica más honda y duradera que hemos padecido en los últimos 60 años, la corrupción, como por arte de magia, pasó de Cenicienta a princesa de las preocupaciones de los españoles. Y hay que alegrarse de ello, pues no puede hablarse de democracia madura, ni siquiera de democracia, cuando la corrupción se ignora o se tolera en todos los ámbitos.

Los escándalos como el de la familia Pujol, el de los ERE de Andalucía, la Gürtel o la Púnica son el resultado de muchos años de práctica de ese vicio tan español que es mirar para otro lado con una mezcla de condescendencia y de sonrisa pícara de complicidad cuando vemos al prójimo defraudando al Fisco o apropiándose de alguna propiedad o dinero público (ya lo dijo Carmen Calvo, el dinero público no es de nadie, que era tanto como decir que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón).

 Sin embargo, muchos de los que antaño articulaban pícaras sonrisas y necios comentarios del estilo “si yo fuera él haría lo mismo” hoy se han transformado en Robespierres de bolsillo que aprovechan cualquier indicio no corroborado, no ya de corrupción, sino de presunta irregularidad administrativa, para instalar las guillotinas mediáticas y comenzar a cortar cabezas, aunque no existan acusaciones formales ni esté nada claro que se haya cometido delito alguno o que falte dinero en la caja.

Es, en buena medida, lo que está ocurriendo con el caso del Teatro Madrid de Getafe, donde el mero hecho, perfectamente legal, de una encomienda de gestión a una empresa pública municipal (GISA) se considera delictuoso a priori, sin más explicaciones. Y, mientras, donde los neorrobespierres que acusan con más furor contemplaron y siguen contemplando con total tranquilidad cómo se adjudicaron concesiones administrativas de aparcamientos a parientes muy cercanos, eso sí, con una sonrisa y guiño pícaro de complicidad, como en los viejos y eternos tiempos del ‘castrismo’ getafense.

Investigue la Justicia, en buena hora, y hasta el final, si ha existido alguna irregularidad o delito punible en todo lo que rodea al proyecto del Teatro Madrid de Getafe, desde este periódico lo aplaudimos y lo suscribimos. Pero mientras no haya pruebas concluyentes de hechos delictivos, practiquemos el sano ejercicio de la presunción de inocencia, tanto o más importante en una democracia madura que la denuncia de la corrupción. Porque, de acusar de un delito a demostrar la culpabilidad media la misma distancia que de las musas al teatro.