Viernes,28 de abril de 2017

EDITORIAL: Sara Hernández, de estrella emergente a asteroide errante

Sólo han existido, en la historia moderna de Occidente, dos grandes políticos capaces de cambiar de caballo y de lealtades en mitad de la carrera hacia el poder que, además, hayan pasado a la Historia como héroes nacionales: uno fue Charles-Maurice de Tayllerand, sacerdote, obispo y defensor del Antiguo Régimen durante el reinado de Luis XVI, personaje central en la Revolución Francesa, después con Napoleón y finalmente con la primera y segunda restauración monárquica. Y el otro fue Winston Churchill, que comenzó militando en las filas del Partido Conservador, para después formar parte de los gobiernos del Partido Liberal, para volver finalmente al Partido Conservador, con el que fue Primer Ministro dos veces, durante la Segunda Guerra Mundial y al inicio de la Guerra Fría.

Ambos fueron hombres clave tanto para sus naciones como para la Historia de Europa: el primero influyó decisivamente en la configuración de la política europea durante un siglo entero, el que va desde el Congreso de Viena hasta la Primera Guerra Mundial, el tiempo comparativamente más pacífico y próspero que ha vivido Europa en su Historia. Y el segundo determinó en muy gran medida la historia y el destino de Europa y del Mundo durante la segunda mitad del siglo XX, hasta la caída del Muro de Berlín, con su firme voluntad de oponerse a los totalitarismos. Precisamente por sus logros y por su enorme talla política e intelectual, la Historia les ha perdonado y ocultado a ambos sus deslealtades, su oportunismo y, también, su falta de principios y de escrúpulos (Churchill también las tuvo, aunque son mucho menos conocidas que las de Tayllerand).

Y es que Tayllerand y Churchill fueron estrellas políticas que brillaron con luz propia, que habían nacido para ser centro de gravedad político y que crearon sus propios sistemas planetarios; algo que no les es dado a los planetas y los satélites que, como es sabido, no brillan con luz propia y necesitan la luz y el poder de atracción de otro astro para ubicarse y sobrevivir. De ahí que, en política, difícilmente se perdone al planeta o al satélite que cambie de estrella en función de su brillo y calor aparente, so pena de quedar relegado a mero asteroide sin estrella ni planeta de referencia y condenado a vagar eternamente por el vacío, en soledad, por falta de masa y fuerza gravitatoria con la que atraer siquiera a algún astro menor.

Y ese parece ser el destino de Sara Hernández, Alcaldesa de Getafe y Secretaria General del Partido Socialista Obrero Español de Madrid, que es la nueva denominación del PSM, antes FSM. Su fulgurante ascenso (desde concejal de base, con Pedro I Castro, el Eterno, a líder del PSOE en Getafe y a Secretaria General regional, amén de alcaldesa, de la mano y con el apoyo de Pedro I Sánchez, el Breve, sobreviviendo a ambos en su ascenso) quizá le ha hecho creer a Sara Hernández que era un gran planeta con vocación de estrella, poco menos que Júpiter o Saturno, con su propio sistema de satélites regionales, que podía condicionar con el peso de su órbita los nuevos sistemas planetarios que intentaban constituir dos estrellas menores del PSOE, antaño hermanas, hoy enemigas: Patxi López y Pedro Sánchez. Sara Hernández se apuntó a la que, en ese momento, parecía brillar más, aunque no con luz propia, sino con los reflectores de Alfredo Pérez Rubalcaba, pues Susana Díaz, ni estaba ni se la esperaba, y la operación Sánchez, segunda parte, no era, ni es del agrado del establishment socialista.

Pero Susana Díaz, un buen día, cuando casi nadie lo esperaba ya, se llegó a Santa Justa y cogió el AVE dispuesta a brillar como supernova en el horizonte de Madrid, mientras que Pedro Sánchez no acaba de apagarse del todo. Y entre esos dos astros menores, pero que brillan con luz propia, Patxi López (otro desleal a Sánchez, el mayor de todos, digámoslo finamente) palidece. Si a eso añadimos que Patxi López prefiere al viejo zorro de Fuenlabrada, Manuel Robles, como líder del PSOE en Madrid, que Susana Díaz no se ha dignado invitar a su acto municipalista del sábado en Madrid a la alcaldesa de Getafe y Secretaria General Regional (Roma no paga traidores), y que Sara Hernández ganó a durísimas penas (a golpe de aparato sanchista) la secretaría general regional, en dura pugna con Juan Segovia (que apoya a Susana Díaz y que obtuvo un nada despreciable 42% de los votos), el futuro de la pupila de Pedro Castro se presenta arduo complicado. Y empieza a parecerse más al de un asteroide errante que al de una estrella emergente.